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Giovanni Quessep ➤

Giovanni Quessep
El Encantado

Por: Felipe García Quintero
Departamento de Comunicación Social
Universidad del Cauca

Pocos poetas como Giovanni Quessep (1937) pueden decir hoy día, con John Keats, que «Belleza es verdad, y verdad es belleza». Acaso por ello, el principio de realidad en su poética lo establece la poesía misma, pues una visión artística de lo clásico rige su universo de símbolos, da fuente a su lenguaje pleno de referencias culturales de Oriente y Occidente, y constituye la búsqueda y la conquista de un orbe literario perfeccionado con las formas de una música propia.

A esta visión del mundo corresponde una actitud de vida comprometida de manera exclusiva con el arte, cuya obra en verso —porque Quessep ha incursionado también en el ensayo—, suma trece libros originales, numerosas antologías y un compendio de todos sus poemas, publicados con el título de “Metamorfosis del jardín” (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006).

El nombre dado a ese volumen refiere las edades o periodos de un camino literario iniciado en 1968 con la publicación de “El ser no es una fábula”; obra de aperturas que ya entona una música de leyenda, distinta desde entonces, refinada luego con nuevos elementos, míticos y humanos, en los libros siguientes, para hacer de su voz una de las que mayor interés suscitan en la lengua española, por la singularidad de su registro lírico y las variadas formas que armonizan la tensión de la tradición y modernidad literarias.

De los primeros temas aún palpita hoy día esa preocupación suya por el tiempo como una manera de nombrar el exilio, la conciencia del hombre mortal que canta, y su música que busca abolir la condición de extranjero del mundo y la realidad, pues también la poesía de Quessep es una indagación en el pasado mítico para acaso encontrar el sentido perdido de lo humano. En uno de sus poemas dice:

Porque no se parece a sus contemporáneos, algunos lectores han advertido que esta poética es la de menor filiación con las tendencias de la lírica colombiana del siglo XX, las surgidas, paralelas y posteriores, al fenómeno nadaísta (como la antipoesía, la poesía militante, la poesía de la imagen y la poesía narrativa o la conversacional), aunque el ascendiente de su obra en la actualidad llegue a los más jóvenes e influya sus obras como una de las referencias identificables, no siempre bien asimilada.

Respecto a este carácter, el mismo poeta ha ratificado su condición de extranjero en una de las pocas declaraciones periodísticas, cuando afirmara: «me alejo de todo estilo de época y de toda moda, y no me interesa describir los objetos de la realidad más tangible».

Al leer su obra encontramos un lenguaje propio, y no sólo un estilo personal, que ha sido pulsado por un oído interior y decantado bajo la meditación que modela ritmos y cadencias nuevas, las que provienen del pasado y la tradición. Valga precisar que se trata de un lenguaje secreto, libre de cualquier artificio de quien sólo versifica. Citado por Fernando Charry Lara, el crítico Gabriel Rodríguez ha señalado su asombro frente al estilo de Quessep: «Que a esta altura un poeta sea capaz de flexibilizar la métrica castellana, comunicándole sentido y sonido, resulta bastante sorprendente».

En la vigencia de lo intemporal, ese rasgo anacrónico tan especial, como argumentan otros críticos, radica la autenticidad de su estilo. El valor poético, calificado de conservador, podría ser examinado a la luz de voces que tal vez resultan similares en la poesía hispanoamericana de nuestros días, puesto que entre los poetas colombianos no existe uno semejante a él, sin olvidar con esto que la tradición nacional de Quessep es la tejida por José Asunción Silva, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza y Fernando Charry Lara.

En el contexto latinoamericano, sólo en algo familiar, la poesía de Giovanni Quessep dialoga con las poéticas de Carlos Germán Belli (Lima, 1926), por su lenguaje arcaizado de un siglo de oro barroco y surreal; también algo se dice frente a la ironía de cierto gesto clásico de Oscar Hahn (Santiago, 1938), o con el ensueño lusitano de Francisco Cervantes (Querétaro, 1938-2005), un poeta que también ha cantado con fervor genuino al pasado y revivido algunos registros perdidos de la tradición literaria.

En cada uno de estos autores contemporáneos el lenguaje es personal y se proyecta en distintas direcciones y habita ámbitos diferentes, todo porque la poesía moderna es plural y desborda las fronteras de la propia lengua, donde impera, solitario y triunfante, el gesto de derrota común, nacido de la ironía romántica de libertar la vida para romper los límites impuestos a la existencia por la muerte, y de esa tentativa sólo se confirma el poder de morir como el único don humano.

Si el principio de realidad en la obra poética de Giovanni Quessep es la poesía misma, la búsqueda estética hace de la palabra conocimiento y salvación. Aunque ese sentido pueda estar oculto y para encontrarlo sea necesario indagar dentro del tiempo oculto en el tiempo mismo, y dar con esa otra voz acallada que surge del mito cuando se vive encantado.

Giovanni Quessep llega a Popayán en 1982 procedente de Bogotá, donde trabajaba como profesor de literatura de la Universidad Javeriana. Pero es la Universidad del Cauca quien le otorga el título de Doctor Honoris Causa en Filosofía y Letras en 1992, como reconocimiento a su labor creativa y docente. A la ciudad que lo acogió hace más de tres décadas, ha evocado sin decir su nombre:

SONÁMBULO

Siempre diré ¿dónde me encuentro,
qué extraña tierra es ésta
que no recuerdo el nombre de los pájaros
para hacerme una palma con sus alas?

Aquí vine de pronto
como sonámbulo, como ciego
golpeando con mi bastón las sillas, la puerta,
los caballitos del diablo en la ventana.

Desde hace tiempo estoy entre gentes que amo,
en una ciudad blanca
que tiene las calles inclinadas hacia el cielo
y un alcázar sin bufones ni reinas.

Es posible que aquí mis huesos sean
desconocidos, es posible que muera
soñando un país de dátiles
y un barco lapislázuli de navegantes fenicios.

Arte Poética*

Giovanni Quessep

El poeta no teme a la nada. Sabe la lengua del coloquio de los pájaros, que aprendió Adán en el paraíso terrenal. Y sabe, también, que la poesía es una danza, y que hay un arte de pájaros en su asombro y en su vuelo. Los ojos del poeta están tejidos de un cristal mágico; en su pasión tienen la esfericidad de los cielos y de su música extremada. A medida que se distancian de lo real, hallan la verdad de la poesía, o duración de las fábulas, que es el alma. El poeta, que no lo ignora, pone en juego su ser; pero, si quiere perseverar en éste, debe entregarse a la única ley que rige la creación poética: la palpitación del abismo. Y el abismo es el centro del universo: están en él las constelaciones, pero también la rosa, espejo del tiempo, semejante a la luna en la metáfora del místico persa. Belleza o abismo, palabra y música: encantamiento total, orden del espíritu que descubre la ciencia del amor y abre las puertas de lo desconocido.

El poeta va por su castillo interior, donde se unen los cuatro puntos cardinales de lo ilusorio y lo real. A ellos corresponden, en la escala de la imaginación, el aire y la luna, la llama y los espejos; y en la del sentimiento el dolor, el vacío, la soledad y la melancolía. Con ellos hace el poeta su mítico tapiz, en el que puede ver todo lo que no puede verse, y oye el cántico de lo que únicamente puede oírse en el rumor del hilo sagrado: las voces de lo invisible,

que convirtieron a Sherazada en un libro de hojas color de vino; el palacio de cristal donde Merlín encantó a Dulcinea, y el huerto donde Eva inventó una manzana para curar ansias de amor y nostalgias de enamorado, como en Las mil y una noches; el escudo de plata que dejó ciego a Homero; el árbol del fin del mundo que le dijo a Alejandro que no volvería a ver las calles ni las muchachas de Grecia; la ciudad celeste de torres de lapislázuli que prefiguran el cielo estrellado en la mitología de los babilonios; la desgarrada túnica de jeroglíficos y pájaros del adolescente adorador de la luna: cosas que en feliz expresión de Salustiano, no ocurrieron jamás, pero son siempre.

El poeta no teme a la nada. Sabe de la existencia de lo que nunca ha sido dicho, de lo que aún no tiene nombre en los ideogramas de la escritura divina: cree en la palabra, pero también en el silencio, en lo callado, en lo oculto, en lo que podría hacerse fantasma a la luz de la vigilia o abrasadora presencia en la presencia en la penumbra del sueño, bajo la luna, reloj de pitagórica cadencia. El poeta nada tiene, y entre asombros y vuelos y peligros interiores escribe su carta imaginaria y halla lo diverso y lo único y se halla a sí mismo en la brasa que ilumina la noche oscura de la poesía.

* Prólogo al libro Carta imaginaria. El Áncora Editores, Bogotá, 1998.